POEMA

EX - REY DE REYES


No se lo dije a nadie.

Lo sé, pero a nadie se lo dije.

No se lo dije a una persona y a otra persona

y a ninguna persona o a mí mismo.

Cada vez que me pasa que se me atraganta

tu cuerpo en la faringe, me miro en el espejo,

hago gárgaras con tus palabras,

y se transforman en anclas aferradas a mi bilis.

Decías: “abrirse y cerrarse, abrirse y cerrarse”, eso decías,

pero nada decías de que el otro se metiera adentro de otro o de otro,

en uno de esos descuidos que nos propone el tiempo.

Teníamos pactos para airear dolores inmersos, intensos,

CON O POR MEDIO DE mi/TU CUERPO,

así ampliaste los límites de mi consciencia.

¿Mi consciencia? ¿Tu conciencia, mi coeficiencia

mi número cuántico?

No soy materia sensible,

soy un hombre que ermitaño se ha metido en una cueva que dejaste 

vacía dentro de mi cuerpo.

El espejo no me dice nada, pero tiembla.

Pasas, y tiembla, hablas dentro de mí y tiembla

antes de que yo lo esperara,

antes de mirar en tu alacena el frasco con mi cara.

En tu collage aparece mi cara y yo no he sido,

no fui yo, no proyectes en mí, no transmedies, no me enfrasques.

Si sangra tu muñeca rota, si se le ha caído su pierna atada,

si se ha rasgado su vestidito rosa,

diles a todos que yo no he sido.

Estoy marcado, me marcaste, me perforaste, me yacimentaste, 

me secaste extrajiste todo, extimaste.

Recitabas: “penetrarte, taladrar la piedra de tu cuerpo”, eso decías, eso

dices, ahora dice tu poema:

perforarme el ombligo

respirarme

                               restregarme

sin roce, 

               sin rezo, 

sin ceso, 

     sin sexo, 

y la cueva en tu cuerpo que ya estaba ocupada,

y no me permitiste entrar

(pestañas escoba lampazo lengua)

y me limpias, lampiñas, hasta que sos yo, hasta que entrás,

irrumpís, en mi cueva sin nadie por ese azar de tus causas,

la pasión latida de tu cama desconocida,

espejo tendido en el suelo/cielo.

Ahora miro por millonésima vez tu video:

caminas por un escenario (mientras yo me preparo para comer)

mágica y etérea, me acuerdo de tu vestido

lo usabas con otros zapatos, rojos, taco fino, aguja.

Y así yo sabía que ibas a penetrarme, ese vestido era nuestro código.

Ibas a perforarme, a hacerme tu yacimiento

con tu cóncava femineidad, con tu arpegio de serenidades

en mi tierra baldía, ¿nuestra?

Y vas de un lado al otro del escenario.

Y de repente decís mi poema ese que no dijiste haberme escrito.

Y suena un corazón arrítmico, y una música que me exaspera.

Y la cámara se te acerca como lo hacía yo pero en silencio (pantalla de por medio).

Y atrás un i25m y por algún motivo recuerdo tu cumpleaños. (Diciembre)

¿Y que serán 50 y que dijimos que estaríamos juntos y no sé qué pasó, o no nos lo dijimos?

Y hace años que no estás y yo te busco en las redes, y escribo.

Y escribo, y me siento un personaje con mi cueva vacía dentro de mi cuerpo.

Nadie se atreve a ocuparla, a ocuparme, a hacer de mí su yacimiento.

Y en la pantalla hay cortinas,

cortinas que bailan con el viento, y un eco que repite tus palabras

esas que que taladran mis oídos, ellas que me penetran.

Y salgo del cuarto, y está mi mujer que hace años que no me habla, de lo que hablan los  que se quieren.

Dice que estoy loco que hablo con tus fotos, que vivo en tus videos,

Y yo le paso por detrás, y salgo al patio, y voy hacia el banco donde reviso las cartas.

Las cartas que te he escrito, y nunca te he mandado.

Hoy las publico acá. Y genero un algoritmo para que me encuentres, de manera casual y causal.

Porque a veces no estoy tan seguro, a veces no sé, aunque no se lo digo a nadie,

a ninguna persona se lo he dicho, que fuera yo, me pregunto, al que le escribiste esos poemas.